Hoy,
Señor, quisiera darte las gracias. Pero, tengo
tantas
cosas que agradecerte, que no sé por dónde
empezar.
Quizá,
lo primero deba ser la Vida. Porque, ¿qué
sería
de
mí si no me hubieses dado la vida?
¿Dónde estaría? Sé
que, a
veces, sin saber lo que hacía, he pensado que,
quizás
hubiera sido mejor no haber nacido. Pero eso ha
sido
sólo en momentos de ofuscación, cuando no
sabía
entender el
argumento de mi existencia. Luego, Señor, lo
he visto
claro y me he dado cuenta de que, para poder
valorar los
momentos felices, es preciso que existan otros
que no lo
parezcan pero que, luego, vistos en la distancia,
resultan
ser sólo cariñosas llamadas de
atención, cuando
nos hemos
distraído en nuestro camino. Porque la vida,
Señor,
es hermosa. Muy hermosa. Y es hermosa porque
viene de
Ti. Porque es Tu misma vida, que la vives en mí
y en mi
hermano y en los pájaros y en las flores y en las
montañas
y hasta en la brisa. Tu vida lo llena todo,
incluso a
mí, ya que yo también formo parte de ella; y,
cuando me
doy cuenta, Señor, soy muy feliz.
¿Dónde
podría
estar mejor que en tus manos? ¿Qué
podría hacer
más
importante que ayudarte a vivir, viviendo mi vida
por Ti,
siendo parte de Ti, siendo Tú mismo? Cuando
pienso en
ello, mi alma se ensancha y se ahueca y se
esponja y
se eleva a lo alto en Tu búsqueda, tan
emocionada,
tan feliz que, ni siquiera se da cuenta de
que forma
parte de Ti, de que es un trocito tuyo, una
chispita de
Ti, sin importancia, pero Tuya. ¿Qué me
podría
ocurrir que
fuera más hermoso o más grande o más
sobrecogedor?
Así que, Señor, gracias por la vida. Gracias
por este
cachito de tu vida, que has puesto en mis manos
para que la
administre y la viva en Tu nombre.
También
pienso que debería darte las gracias por
toda la
Belleza que has sembrado a mi alrededor y que
muchas
veces no percibo. Estoy tan rodeado de ella, tan
acostumbrado
a ella, me parece tan lógico y natural que
esté
ahí que, a veces, no la veo. Pero está.
Está siempre.
Está
en las flores y en el mar y en el cielo y en los niños y
en las
estrellas y en la brisa y en los amaneceres y en las
sonrisas y
en el amor y en los corazones, pero también
en las
desgracias y en las tormentas y hasta en los
momentos
más difíciles. Porque todo es bello,
Señor. Todo
es bello
porque lo has hecho Tú. Y es mi propia
incapacidad
la que me hace ver las cosas como no son. Y,
cuando me
doy cuenta de que es así, entonces
compruebo
que todo, absolutamente todo, está
impregnado
de belleza. De tu belleza. Porque es bella una
alborada,
pero ¿no lo es, acaso, tanto o más una puesta
de sol? Y
es bella una flor, pero ¿no lo es también el fruto
en que se
transforma? Y lo es la oruga, con sus colores y
sus grandes
ojos y su curioso caminar, pero ¿no lo es más
la mariposa
en que acaba convirtiéndose? Y lo es el niño,
cargado de
promesas y de esperanzas, pero también lo
es el
hombre, lleno de frutos y de experiencia, y lo es el
anciano,
pletórico de sabiduría.
Debería
también agradecerte la Bondad, que lo llena
todo, que
está en todo, que lo rige todo aunque, a veces,
no sepamos
verla. Porque todo es bueno. Todo es bueno
porque es
Tuyo, porque Tú estás en todo. Y todo trabaja
por el bien
del resto. Porque, has organizado las cosas de
tal manera
que nadie se pueda nunca encontrar solo,
aunque
él así lo crea, porque todos nuestros
pensamientos,
nuestras palabras y nuestros actos,
aunque no
lo sepamos ni lo pretendamos, y aunque no lo
creamos e,
incluso, aunque no lo queramos, influyen
siempre en
todos los demás y, por una maravillosa
previsión
Tuya, acaban siempre produciendo el bien para
todos.
Porque, has organizado las cosas de tal modo, que
todo
trabaja para el bien. Y, lo que, a veces, nos parece