GRACIAS
 
(por Francisco-Manuel Nácher)
 
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by vislumbrar
 
 
Hoy, Señor, quisiera darte las gracias. Pero, tengo
tantas cosas que agradecerte, que no sé por dónde
empezar.
Quizá, lo primero deba ser la Vida. Porque, ¿qué sería
de mí si no me hubieses dado la vida? ¿Dónde estaría? Sé
que, a veces, sin saber lo que hacía, he pensado que,
quizás hubiera sido mejor no haber nacido. Pero eso ha
sido sólo en momentos de ofuscación, cuando no sabía
entender el argumento de mi existencia. Luego, Señor, lo
he visto claro y me he dado cuenta de que, para poder
valorar los momentos felices, es preciso que existan otros
que no lo parezcan pero que, luego, vistos en la distancia,
resultan ser sólo cariñosas llamadas de atención, cuando
nos hemos distraído en nuestro camino. Porque la vida,
Señor, es hermosa. Muy hermosa. Y es hermosa porque
viene de Ti. Porque es Tu misma vida, que la vives en mí
y en mi hermano y en los pájaros y en las flores y en las
montañas y hasta en la brisa. Tu vida lo llena todo,
incluso a mí, ya que yo también formo parte de ella; y,
cuando me doy cuenta, Señor, soy muy feliz. ¿Dónde
podría estar mejor que en tus manos? ¿Qué podría hacer
más importante que ayudarte a vivir, viviendo mi vida
por Ti, siendo parte de Ti, siendo Tú mismo? Cuando
pienso en ello, mi alma se ensancha y se ahueca y se
esponja y se eleva a lo alto en Tu búsqueda, tan
emocionada, tan feliz que, ni siquiera se da cuenta de
que forma parte de Ti, de que es un trocito tuyo, una
chispita de Ti, sin importancia, pero Tuya. ¿Qué me podría
ocurrir que fuera más hermoso o más grande o más
sobrecogedor? Así que, Señor, gracias por la vida. Gracias
por este cachito de tu vida, que has puesto en mis manos
para que la administre y la viva en Tu nombre.
También pienso que debería darte las gracias por
toda la Belleza que has sembrado a mi alrededor y que
muchas veces no percibo. Estoy tan rodeado de ella, tan
acostumbrado a ella, me parece tan lógico y natural que
esté ahí que, a veces, no la veo. Pero está. Está siempre.
Está en las flores y en el mar y en el cielo y en los niños y
en las estrellas y en la brisa y en los amaneceres y en las
sonrisas y en el amor y en los corazones, pero también
en las desgracias y en las tormentas y hasta en los
momentos más difíciles. Porque todo es bello, Señor. Todo
es bello porque lo has hecho Tú. Y es mi propia
incapacidad la que me hace ver las cosas como no son. Y,
cuando me doy cuenta de que es así, entonces
compruebo que todo, absolutamente todo, está
impregnado de belleza. De tu belleza. Porque es bella una
alborada, pero ¿no lo es, acaso, tanto o más una puesta
de sol? Y es bella una flor, pero ¿no lo es también el fruto
en que se transforma? Y lo es la oruga, con sus colores y
sus grandes ojos y su curioso caminar, pero ¿no lo es más
la mariposa en que acaba convirtiéndose? Y lo es el niño,
cargado de promesas y de esperanzas, pero también lo
es el hombre, lleno de frutos y de experiencia, y lo es el
anciano, pletórico de sabiduría.
Debería también agradecerte la Bondad, que lo llena
todo, que está en todo, que lo rige todo aunque, a veces,
no sepamos verla. Porque todo es bueno. Todo es bueno
porque es Tuyo, porque Tú estás en todo. Y todo trabaja
por el bien del resto. Porque, has organizado las cosas de
tal manera que nadie se pueda nunca encontrar solo,
aunque él así lo crea, porque todos nuestros
pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos,
aunque no lo sepamos ni lo pretendamos, y aunque no lo
creamos e, incluso, aunque no lo queramos, influyen
siempre en todos los demás y, por una maravillosa
previsión Tuya, acaban siempre produciendo el bien para
todos. Porque, has organizado las cosas de tal modo, que
todo trabaja para el bien. Y, lo que, a veces, nos parece
 
tener el rostro del mal, sin embargo, no es más que bien
en formación. Y, al final, Señor, todo resulta ser bueno.
Pero, sobre todo, Señor, pienso que debo darte las
gracias por el Amor. Porque ¿hay nada más hermoso que
el amor? Yo pienso que el amor es como la sangre, que lo
alimenta todo, lo nutre todo, lo purifica todo. Casi diría
que el amor es Tu sangre, circulando por el mundo. Y es
que el amor lo puede todo, lo cura todo, lo limpia todo, lo
dignifica todo, lo hace todo hermoso y elevado y puro y
perfecto. Porque ¿qué puede concebirse más sublime que
desear la felicidad de los demás y trabajar por ella y que
ese esfuerzo, precisamente, constituya nuestra felicidad?
¿Qué otra cosa sino el amor podría lograr que la gacela
sacrifique su vida para que viva el león, o el ratón porque
lo haga el gato, o el insecto, para que pueda el pájaro
volar? ¿Qué otra cosa podría hacer que el sacrificio de los
padres por sus retoños les sepa a miel? ¿Y que la muerte
de la semilla haga posible la flor…?
Porque cuando, a veces, muy pocas, logro levantar
una esquinita del velo que lo cubre todo, Te presiento, Te
intuyo y hasta Te veo, Señor, lleno de Bondad y de
Belleza y de Amor, manejando los hilos de Tu obra, que
crece y se perfecciona y se va elevando hacia Ti en busca
de Tu propia perfección. Por todo ello, Señor, Te doy las
gracias y Te digo que soy feliz.
 
* * *
 
A SOLAS CONMIGO.- Francisco-Manuel Nácher López
 
 
 
 
 
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