Beethoven
Symphony
#5 in C Minor, Op. 67:

El tema de la paz se puede estudiar desde
dos puntos de vista: El
externo y el interno.
Desde el punto de vista externo, paz significa ausencia de guerra. Es,
pues, algo estático, pasivo, como el frío es la
ausencia de calor.
Habrá, pues, que estudiar, para aclarar este concepto,
qué es la guerra
externa y cuáles son sus causas.
La guerra es una lucha entre países, etnias, grupos o
individuos, por
conquistar o retener una parcela de poder, bien sea
económico, bien sea
religioso, bien cultural, científico, de prestigio, etc.
Aunque, si bien se
mira, todas sus motivaciones se pueden reducir a dos: Religiosa o
económica.
Pero, ¿quiénes hacen la guerra? Los hombres.
Sólo los hombres. En
todo el reino animal no existe nada similar, al margen de la necesidad
de
alimentarse, de defenderse o de perpetuar la especie.
¿Y cómo se manifiesta la guerra? Mediante actos
destinados a
perjudicar al antagonista.
Pero, para realizar un acto, el hombre necesita antes pensarlo. Nos es
imposible realizar nada, - salvo los actos reflejos, y la guerra no lo
es - sin
haberlo pensado antes.
Por tanto, los que hacen la guerra piensan en ella y, al pensar en ella,
la sienten y luego la desean. Su guerra es, pues, siempre, primero
interna y
después externa. Si no hay guerra interna, no hay luego
guerra externa. La
primera es, pues, la más peligrosa. Y la que hay que
combatir.
¿Y cuál es la solución para evitar la
guerra interna? Hay una ley
natural, expuesta por todas las religiones pero, especialmente, por la
de
Cristo, que establece: "Compórtate con los demás
como a ti te gustaría
que los demás se comportasen contigo". O, dicho de otra
manera: “Haz a
los demás lo que te gustaría que te hiciesen a ti
y no les hagas lo que no te
gustaría que te hiciesen". Y, aún de otro modo:
"Ama a tu prójimo como a
ti mismo".
Es la ley de oro. La clave de la felicidad. Porque, si amas a tu
prójimo como a ti mismo, ¿qué motivo
será suficiente para que desees
causarle daño? Y, si no lo amas, estarás
infringiendo una ley natural, lo
cual te producirá desazón, descontento e
intranquilidad, todo ello
incompatible con la paz interior.
Si amas, en cambio, no pensarás en la guerra; tu
corazón estará
tranquilo y, sin tú darte cuenta, se llenará de
paz. Y no pensarás en la
guerra ni la desearás ni la fomentarás.
Es, pues, esa falta de amor y, consecuentemente, de paz interior, lo
que nos hace enfrentarnos a los demás y es, por tanto, la
causa última de la
guerra.
* * *