Si todos los amantes del mundo, en lugar de
preguntarse
recíprocamente
“¿me quieres?”, hubiesen afirmado
“¡nos queremos!”,
no hubieran surgido conflictos entre ellos.
El amor es sólo dar y nunca
recibir. Pero ese dar, mientras se
ejercita, nos enriquece. En cuanto esperamos
y hasta exigimos una
contraprestación proporcional o
equivalente a nuestro amor, deja de
enriquecernos, porque deja de ser amor para
transformarse en
transacción
Por eso, lo que deben decirse
ininterrumpidamente los amantes
para que su amor dure y los haga felices es:
“¡nos queremos!’’. Y ello
hasta que esa idea cale, cristalice en sus
mentes y en sus corazones, y
cada uno de ellos se sienta feliz
sólo con dar. Porque el dar
desinteresadamente - y es una ley natural -
atrae a nosotros, del
inagotable caudal del universo, una cantidad
mayor de amor, que nos
proporciona más felicidad de la
que nuestra pareja nos podría
proporcionar.