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AVE MARIA
¿Y
TÚ QUÉ HUBIERAS HECHO?
por FranciscoManuel
Nácher
Se dice que, tras escuchar el relato
evangélico
de la
Pasión de
Cristo,
Clodoveo, rey de los francos, exclamó:”¡Si yo hubiera
estado
allí con mis soldados, Cristo no
hubiera sido crucificado!”
A primera
vista, es ésta una frase que impresiona. Sugiere
una gran
fe, decisión para defenderla, devoción…pero, bien mirado,
poco más.
Porque, si
empezamos a pensar, comprenderemos su escaso valor,
tanto racional
como ético e, incluso, sociológico.
Desde el punto
de vista racional, hay que comprender que esa frase
se pronunció en el siglo quinto, cuando ya se
conocía lo sucedido: la
misión de Cristo, los Evangelios, la
historia de los primeros cristianos, la
expansión del cristianismo, etc. Pero, si
Clodoveo hubiera realmente
estado allí, en Jerusalén, en el momento de la Pasión de Cristo e
ignorando todo
eso, seguramente hubiera pensado y sentido y actuado
como lo
hicieron la mayor parte de los que allí
se encontraban.
Desde el punto
de vista ético porque, al hablar de sus
tropas, está
claro que las
hubiera utilizado para ejercer la fuerza, lo cual hubiera ido
exactamente en
contra de la doctrina y de los deseos del propio Cristo,
que atribuía al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios, y
aquel asunto,
precisamente, era un asunto de Dios.
Y, desde el
punto de vista sociológico, si reflexionamos sobre el
tema, pronto
nos asalta la inquietante pregunta: ¿Cómo es posible que,
siendo Cristo
quien era, la gente no se diese cuenta? ¿Cómo se puede
comprender que
pasease por sus calles, que entrase en sus casas, que les
hablase, que
comiese y cenase con ellos, que los acompañase a pescar,
que jugase con
sus niños, que hablase en sus sinagogas, que
realizase
milagros ante
sus ojos y, sin embargo, no se vieran arrebatados de amor
y de gratitud
y de vergüenza y de arrepentimiento?
¿Cómo no se
sintieron
miserables y despreciables e indignos a su lado? ¿Qué
era lo
que los
cegaba, lo que los insensibilizaba, lo que les impedía ver lo que
estaba tan
claro y tenían tan cerca?
Y, sobre todo,
la pregunta principal, la que todos deberíamos
formularnos:
¿Qué hubiéramos hecho nosotros?
¿Hubiéramos detectado
a Cristo en
aquel hombre, en sus palabras, en sus gestos?
¡Ahora
sí, claro! ¡Si ahora
viniese Cristo, todos nos arrojaríamos a
sus pies y nos
llenaríamos de amor por Él y lloraríamos amargamente
por nuestros
errores y seríamos capaces de hacer por Él los mayores
esfuerzos y
sacrificios!...pero, ¡seamos honestos!: Eso lo haríamos, lo
mismo que el
bueno de Clodoveo, porque sabríamos que se trataba de
Cristo,
¡nada menos que del Hijo de Dios.
No nos engañemos: nosotros, ahora, sabemos
mucho más sobre el
tema, tenemos
muchos más datos, poseemos más información y, sin
embargo,
tampoco lo vemos. Aquellos
judíos y romanos tenían más
excusa
entonces que nosotros hoy.
Pero la situación es la misma: ellos no
estaban
predispuestos para recibir a
Cristo, y nosotros, tampoco lo
estamos; ellos
se ocupaban sólo de sus necesidades y sus negocios
y sus
problemas, y
nosotros también; ellos eran incapaces de ponerse en
el
lugar del prójimo necesitado, exactamente lo mismo
que nosotros; ellos
sólo buscaban la satisfacción material, como nosotros; ellos
creían que
no pensar en
la muerte la alejaría de sus vidas, y nosotros hacemos lo
mismo; ellos
no creían necesario orar a Dios, puesto
que no veían la
hermosura del
mundo, debido a su
propia miopía espiritual adquirida,
como nos
sucede a nosotros; ellos
planteaban su existencia como una
“huída hacia delante”, en vez
de preguntarse sobre la vida y la muerte,
igual que
hacemos nosotros hoy; ellos
concebían la vida como un
continuo
disfrutar, gozar, satisfacer
deseos, sin preocuparse de su calidad
ni de su
costo, lo mismo que nosotros
ahora; ellos habían reducido el
mundo del
hombre, lleno en su origen
de grandeza, de posibilidades y de
futuro, a un
oscuro rincón lleno de miserables bienes
perecederos,
exactamente
como nosotros hacemos
hoy; ellos preferían pensar que la
vida era un
azar, una lotería, en vez de esforzarse por
conformarla, como
hacemos
nosotros; ellos eran capaces
de matar, de robar, de mentir, de
injuriar, de
blasfemar, de perjurar,
de calumniar, de estafar, de explotar,
de
esclavizar,…a cambio de
unas monedas, de una fama o de un poder
efímeros que, en realidad, nada valen y
nada les aportaban, lo mismo que
hacemos
nosotros, que suspiramos por
las rebajas de los artículos de
consumo y nos
preocupamos por los
saldos y las gangas y las marcas de
cosas
materiales pero, ante
“la mejor rebaja de la historia” de productos
espirituales,
ante “la
mayor ganga y el mejor saldo y la mejor marca”
jamás conocidos, pasamos indiferentes
y con la mirada y la atención fijas
en aquéllos.
Cuando Cristo
vino, sólo unos pocos habían alcanzado el nivel
evolutivo
suficiente para
“verlo,” para sentirse atraídos irresistiblemente
por Él, para seguirlo sin vacilación adondequiera que fuese. Los demás
sólo pudieron ver a un hombre un poco
especial, pero por el cual no
valía la pena sacrificar lo
“verdaderamente valioso” del mundo material.
Sabemos que la
ley cósmica nos hace ver a los demás a través de
nuestros
propio cristal, y
atribuirles, así, a ellos, de modo inevitable,
nuestras
propias imperfecciones. Por
eso, unos veían en Cristo sólo afán
de
proselitismo y protagonismo; otros
veían un vividor a costa de los
demás; otros, un ávido de poder o de autoridad; o
sospechaban en Él un
oculto propósito político; o la seducción de alguna mujer, como la
Magdalena; o,
incluso, creían ver, simplemente, a un
loco… Y sólo
aquéllos que, gracias a sus esfuerzos de
muchas vidas, vividas en la
buena dirección, habían llegado al punto de ver sólo lo verdadero, lo
bueno y lo
bello, aquéllos cuyo cristal interior estaba
limpio y
transparente,
pudieron ver la Verdad
sin telarañas, sin coloraciones
ajenas, y
sintieron su llamada, su
atracción, su seducción, su voz
inequívoca interior, y comenzaron a
vibrar al unísono con Él, y ya no les
fue posible
dejar de hacerlo.
Pero,
¿es que Cristo no está aquí, entre nosotros? ¿Es que
acaso no
está
en nuestro interior y en nuestros
amigos y parientes y vecinos, y en
las avecillas
y los peces y las
flores y los arroyos y, sobre todo, como Él
nos dijo, en
los afligidos y los
pobres y los desamparados y los
explotados y
los olvidados por
nosotros, precisamente por nosotros, tan
decididos a
“hacer
cualquier cosa por Él” si viniese?
Así que, no nos lamentemos por no
haber estado allí
y no haberlo
conocido.
Ahora que poseemos la
información, tratemos, con todas
nuestras
fuerzas, de buscarlo, de
localizarlo, de escucharlo y de seguirlo
hasta
dondequiera que vaya. Porque,
no lo dudemos, Cristo ha venido. Y
está entre nosotros. O, por mejor
decir: está en nosotros.
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